Fiebre

Miro por la ventana y creo que deliro. Me ha parecido reconocerla paseando por delante del portal de mi casa, fumando como siempre. Pero debe ser la fiebre que hace que vea cosas raras. Voy a tomarme la temperatura otra vez. Que fríos están los termómetros, que frío hace en esta mierda de habitación y yo ardiendo. 40º, ha vuelto a subir. Me asomo de nuevo a la ventana. Allí está, parada justo enfrente, mirando justo a esta ventana. ¿Qué cojones hace allí? Se la ve tan guapa. Me gustaría volver a abrazarla y quedarnos en ese abrazo como antes, esperando nada, sólo pensando en nuestro abrazo.

Seguro que es la fiebre la que hace que vea estas cosas, pero parece tan real. Casi puedo sentir su mirada. No, no puede ser ella. Tengo frío. Me pondré por encima el edredón. Vuelvo a la ventana. Allí sigue, mirando a mi maldita ventana, a mis enrojecidos ojos. Empiezo a creer que no es obra de la fiebre, es algo real, seguro. Está allí realmente. Pese a lo que le dije la última vez que nos vimos. Pese a lo que le hice en los últimos meses.

Continúa allí quieta fumando. A sus pies consigo ver varias colillas, lleva allí un buen rato. Ha comenzado a llover y ella ha sacado un paraguas y sigue mirándome. No entiendo nada. ¿qué hace ahí? ¿por qué no sube? Si no tuviera tanta fiebre bajaría ahora mismo y la diría que olvidara las palabras, los actos y toda la mierda con la que la cubrí. La diría que me diera una segunda oportunidad, que no se iba a arrepentir. Que no es cierto que mi vida sin ella estaba igual de plena, porque no lo está y lo sabría, seguro. Pero esta fiebre y este maldito frío. Casi no puedo mantenerme en pie.

Tengo que llamar a urgencias y ver si me pueden enviar una ambulancia. Voy a por una silla, tengo que sentarme, pero no puedo dejar de mirar por esta ventana, no puedo dejar de verla. Ahí sigue, quieta, seria y clavando sus ojos en esta ventana. Por un momento me parece que va a echar a andar, pero no es así, sólo ha sido un pequeño movimiento para coger la cajetilla de cigarrillos. Debería dejar de fumar, cuando hable con ella se lo diré. Es una de las cosas que siempre la he dicho y no me hace caso.

Voy a bajar. Tengo que hablar con ella. La llamaré al móvil y la diré que suba. Sí es lo mejor. No para de llover y estar debajo de esta condenada lluvia no creo que me vaya demasiado bien. ¿Dónde he puesto el móvil? Ah, está aquí. Vaya no lo coge. A ver si me ve por la ventana. Ahí sigue. La hago señas para que coja el teléfono, pero no me hace caso. Un momento, está buscando en el bolso, insistiré. Otra llamada. Está mirando la pantalla del teléfono. Pero, ¿qué hace? Ha dado la media vuelta la móvil y me lo enseña mientras pulsa el botón rojo y rechaza mi llamada. Ha vuelto a guardarlo en el bolso. Pero ¿por qué ha hecho eso? Si no quiere hablar ¿por qué está ahí bajo la lluvia mirando a mi ventana. Tendré que bajar y hablar con ella. Le diré que lo de las otras mujeres no supuso nada, que yo sólo la he amado a ella y que sigo haciéndolo. Tiene que comprenderlo. La diré que no se por qué la dejé, que echo de menos sus manos en mi espalda, su olor, su voz, que necesito escucharla otra vez, que me coja el teléfono. Sí, voy a bajar, hablaré con ella y arreglaré toda esta mierda, luego llamaré al puto médico a ver que hago con esta fiebre. Voy a vestirme. Algo rápido, debo tener una pinta horrible después de dos días de fiebre, así que me ponga lo que me ponga voy a estar fatal. Bien, ya está. Un último vistazo para comprobar que sigue ahí. Sí, allí está bajo su paraguas, mirándome. No tengo paraguas, mierda. Tenía que haber comprado uno como me decía ella siempre que llovía. Bueno, bajo de todos modos. Las escaleras se me hacen un obstáculo insalvable. Parecen infinitas pese a estar en un segundo y todo parece darme vueltas. Me sujeto a la barandilla y comienzo a descender, despacio. Llego al portal, lo abro. No está, ya no está. Salgo y cruzo a la acera de enfrente. No está y tampoco están las colillas en el suelo. Miro a la ventana de mi casa y asomada a ella veo a alguien. La veo a ella asomada y sonriendo. No me lo puedo creer, estoy muy confundido. Vuelvo al portal. Se me han olvidado las llaves, no puedo abrir la puta puerta y no para de llover. Joder que putada. Echo unos paso atrás y allí está mirándome desde la ventana mientras sonríe. Intento decirle que me abra, que me he dejado las llaves arriba. Ella sólo sonríe. Vuelvo al portal, llamo a todos los pisos, aunque no son muchos. Mi casa es de las pocas casas bajas de la ciudad y hay pocos vecinos. Nadie responde. Llamo a mi casa, me tiene que oír, tiene que abrirme. Nadie responde. No hay nadie en toda la casa, excepto en mi piso que está ella. Estoy cansado. Me siento pegado al portal, tratando de evitar la lluvia. Tengo mucho frío y estoy empapado. Siento la frente muy caliente, pero tengo mucho frío. Estoy agotado, apenas puedo moverme. De pronto oigo como se abre el portal. Es ella. Deja que se cierre de nuevo la puerta. Apenas me puedo mover. Se agacha hasta mi y me besa en la frente.

Poco queda ya, muy poco. Sólo me queda esta maldita fiebre que parece que nunca me va a abandonar.

Este realto lo escribí para el ciclo “Fiebre del sábado noche” que organiza el café librería Entrelíneas (C/Gonzalo de Córdoba, 3) y lo leí en público en el día 17 de abril de 2010. Es un primer borrador y debo corregir algunas repeticiones y cositas que no acaban de funcionar. Aquél día leyeron también Luis Morales (un magnífico relato lleno de ironía y humor acerca de la fiebre de la especulación), Marta Noviembre (relato de Hemmingway y poemas propios preciosos y recuperó una idea que tenía olvidads que habrá que retomar “Escribiendo berberechos”) y una mujer de cuyo nombre no puedo acordarme, cordobesa ella, que leyó dos poemas francamente increíbles. Un nivelazo para una jornada de tarde-noche literaria que deberían plantearse organizarla con una frecuencia menor, en vez de hacerla bimensual deberían hacerla bisemanal o algo así.

“El incendio y otro relatos” se puede adquirir ya en otro punto: Tres Rosas Amarillas

Otro punto de venta para mi último libro “El incendio y otros relatos”, en este caso en la librería Tres Rosas Amarillas que está en la calle San Vicente Ferrer 34. También atienden pedidos por su web con envío a domicilio y tó, sólo tenéis que buscarme por título o autor.

TRES ROSAS AMARILLAS

El jueves 19 a las 21:00 horas presentación de mi libro “El incendio y otros relatos” en Entrelíneas Librebar.

Bueno, el jueves 19 estaré presentando mi último libro “El incendio y otros relatos” en el café literario Entrelíneas (C/Gonzalo de Córdoba, 3, metro Quevedo o Bilbao, en Madrid).

Para  ello he hecho este cartelito con una foto mía que ha quedado mu chulo, jejejeje.

Os espero a todos y todas allí.

elincendio_entrelineas

Pesadillas

Sueño con grandes insectos que recorren las habitaciones de mi casa.

Hay dos grandes cucarachas que luchan la una con la otra y  una de ellas vence comiéndose la diminuta cabeza de su oponente entre grandes chirridos y crujidos que me ensordecen y horrorizan.

Quiero despertar. Salgo corriendo de mi habitación huyendo de ese espectáculo terrible, pensando que la cucaracha superviviente no ha saciado aún su hambre.

Existe un escarabajo ciervo del tamaño de un caniche que me cierra el paso alzando al viento su gran cornamenta. Vuelvo sobre mis pasos lanzando alaridos al infinito y descubro que las cucarachas han desaparecido, la viva y la muerta.

Una extraña percusión que proviene del techo, hace que entre en estado de pánico y lucho por no mirar hacia arriba, pero no puedo y finalmente mis ojos se clavan en lo alto. Una mantis del tamaño de mi hijo se mueve rápidamente sin parar de observarme, girando su verde cabeza de forma imposible, haciendo sonar sus largas patas al chocarlas contra las paredes. Sudo y procuro no moverme.

Sí, también hay una gran araña con la cabeza repleta de ojos que no para de mover sus mandíbulas, como si quisiera contarme miles de historias y yo no tuviera la capacidad de entenderla, pero la entiendo y lo que me cuenta me aterroriza aún más.

Despierto sobresaltado y miro a mi alrededor para comprobar que todo ha desaparecido y que al lado de mi cama duerme tranquilo y plácido, mi pequeño escorpión de compañía.

Anoder microcuento

Gorriones, por José Naveiras García

El gorrión, tímidamente, alarga el cuello hasta el trozo de pan. Lo hace rápido, muy rápido. Deshace poco a poco el pedazo de pan hasta que consigue partirlo. Sin perder tiempo toma uno de los trocitos con su pico y sale volando. En un momento aparecen más pajarillos y se pelean entre ellos por lo que queda en el suelo. Al poco tiempo no quedan más que unas miguitas.

Ana arranca otro trozo a la barra de pan que tiene en la mano y lo arroja hacia el mismo sitio. Ya no se entera de lo que ocurre con él. Mira, pero no ve. Las palabras resuenan en su cabeza una y otra vez sin dejar espacio a nada más. Él sin dejar de hablar acerca de su dolor, de lo que ya no aguantaba. Reproches arrojados uno a uno sin escrúpulos.

Fue incapaz de contarle que ya había vuelto a acomodar todos sus sentimientos, que había recolocado su trastero. Fue incapaz de mostrarle los cambios que había realizado, que no quedaba ya nada de todo lo que él tanto odiaba, que se había deshecho de todo lo que podía dolerle. Fue incapaz de explicarle que no debía hacer mudanzas porque quedaba mucho espacio ya para ambos dentro. Fue incapaz de decirle que aquella mañana ella había comprado el pan.

Arrojó un trozo pequeño a la tierra y otro gorrión rápido, lo tomó y salió volando, apenas le dio tiempo a darse cuenta de lo que había ocurrido.

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(Foto de Ángel Pulido Domínguez)

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Bueno, vale, este no está demasiado bien, pero es que no estaba muy inspirado.

Microrrelato

Las lágrimas por José Naveiras García

Abrió la boca y dijo “No te vayas” a lo que él respondió “¿y por qué no voy a hacerlo?”. “Porque te quiero”. Él abrió la puerta al tiempo que le decía “Tú no me quieres, en realidad quieres a otro que te has inventado en mi”.
A continuación sonó un portazo y ella se dio cuenta que sin haberlas invitado, habían llegado miles de lágrimas a visitarla.

Relato publicado

Yo escribo poesía, pero escribo más prosa que poesía, aunque últimamente ni una cosa ni otra. El caso es que también estoy en una escuela de esas por internet que te enseñan a “escribir”. Particularmente creo que son bastante útiles estas escuelas y que ayudan a poner en claro muchos conceptos, además de obligarte a escribir.

Bueno, al turrón, la cuestión es que editan anualmente un libro con una recopilación de relatos y poemas de sus alumnos. El libro no suele tener más trascendencia que la que pueda tener dentro de la propia escuela, pero la verdad es que hace ilusión ver tu nombre como autor en un libro, aunque sea una recopilación.

Este año me publican un relato, el año pasado me publicaron otro y como siempre ando colgando poemas, pues esta vez quería colgar algún relato para que la gente lo leyera.

Pues eso, que este es el relato que me van a publicar en el libro de la escuela que sale el próximo día 9 de junio.

Aquí podéis leer mi relato: Mi tío Alberto